Ciudad, ¿dónde vas?

¿Hacia dónde va la ciudad? ¿Es inevitable su autodestrucción? ¿O debemos ser optimistas y pensar que estamos a tiempo de actuar y revertir la situación siempre que lo hacemos de manera urgente? A principios de julio, el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) organizó, junto con la British Academy, el debate Las ciudades en el antropoceno (*). Una perspectiva mediterránea para debatir los principales retos urbanos hoy. El disparo de salida, una conversación entre Nigel Thrift, catedrático de la Escuela de Geografía y Medio Ambiente de la Universidad de Oxford, y Suzanne Hall, catedrática asociada de sociología de la London School of Economics (LSE), donde codirige el proyecto Cities, moderados por Francisco Muñoz, profesor de Geografía Urbana en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) desde 1995 y director del Observatorio de la Urbanización de la misma universidad.

En el centro del debate, la «catástrofe climática», en palabras de Hall, (los expertos ya han dejado atrás el término ‘cambio’ y ahora emplean ‘crisis’, mucho más duro), una catástrofe que se ha convertido en la tercera guerra mundial, según Joseph Stiglitz, uno de los economistas actuales más prestigiosos y escuchados del mundo. Hall incidió en su intervención en la sobreexplotación de los recursos y el excesivo consumo humano, en la intersección de los desplazamientos múltiples y los movimientos migratorios (por la sequía, el hambre y la guerra, principalmente) y de la existencia, a pesar de todo, de múltiples energías que hacen posible un cambio, una nueva forma de gobernanza con acciones que pueden ir desde la supresión de las exportaciones de residuos en los países pobres en la lucha contra la congestión y los excesos del turismo y la gentrificación.

Por su parte, Sir Nigel Thrift calificó las ciudades de «asesinas»; después de haber sido consideradas cuna de la civilización, son ahora espacio de múltiples formas de violencia (el tráfico, la contaminación, las desigualdades) y desafíos, y nos urgen a pasar a la acción. En el trasfondo, el «problema», que el público asistente a la conversación clavó: «somos muchos y consumimos mucho». Llegados a este punto, sin embargo, no sabemos el volumen de población que nuestro planeta es capaz de soportar y si es posible que adoptando otra forma de organización que la población pueda seguir creciendo. Lo que sí tenemos claro, como apuntaba Nigel Thrift, es que no podemos continuar con el actual modelo productivo y su ritmo de destrucción.

A principios de julio el CCCB y British Academy organizaron el debate, Las ciudades en el antropoceno: una perspectiva mediterránea para debatir los principales retos urbanos de hoy.

¿Qué hacer, pues, con estas ciudades, seres vivos que en pocos años acogerán la mayor parte de los habitantes del planeta? Thrift propuso algunas medidas que todos conocemos como reducir el consumo de carne (para él es muy grave el daño que estamos infligiendo al resto de seres humanos con los que convivimos), o cambiar la maquinaria agrícola e ir hacia un sistema agrícola más sostenible, entre otros.

Mientras tanto, emergen tímidamente algunos movimientos económicos que podrían trastocar por completo el actual modelo, como el que propugna el decrecimiento, es decir, retroceder como contraposición al crecimiento continuo del Producto Interior Bruto (PIB) para que el planeta pueda regenerar. Sí, a la conversación del CCCB se mencionó, pero poco más. Ningún estado ni organización internacional ha osado (que yo sepa) apostar por el decrecimiento y, en consecuencia, por su propio suicidio económico. No podemos olvidar, sin embargo, que hasta la Revolución Industrial el PIB prácticamente no evolucionó … Otros, más prudentes, hablan sencillamente que buscar el equilibrio y no el crecimiento sin freno, o de sustituir el tener por compartir, algo que ya estamos empezando a ver y vivir, ya sea por motivos climático o económicos: la clase media se empobrece, los recursos escasean.

A escala particular, es muy bonito hablar de sostenibilidad y menos bolsas de plástico, pero reducir nuestra huella debería ser, según los radicales, más valiente y sacrificada. Algunos ejemplos: quien está dispuesto, teniendo los medios, a dejar de volar en la otra punta del planeta, a hacer durar la ropa más tiempo y dejar de comprar, a optar por no siempre confortable transporte público, ¿a recuperar las cafeteras italianas de toda la vida (mejor el residuo que no se genera que la excusa de la cápsula compostable)? Porque es muy cool lucir unas alpargatas hechas con la goma de ruedas viejas, pero quizás es mejor hacer durar un poco más el par (o pares) de las que ya tenemos y no consumir otras nuevas … Y así todo, haciendo de la austeridad un estilo de vida.

Emergen tímidamente algunos movimientos económicos que podrían trastocar el actual modelo, como el que propugna el decrecimiento, porque el planeta se pueda regenerar.

A escala más macro, se alinean todos aquellos que abogan, como Suzanne Hall, para aumentar la fiscalidad de los vehículos motorizados que acceden a las grandes ciudades y destinar los fondos a instalar placas solares en las escuelas (en el caso de Londres, su ciudad, el consumo eléctrico es muy elevado) o facilitar la vivienda pública y sostenible para esa clase media empobrecida mencionada anteriormente, apostar por el bien común, la participación en el mundo local y la reivindicación compro-mesa a pie de calle. Y hay que pensar en ciudades en clave de inclusión y accesibilidad, para todos, acogedoras, abiertas y amables con más vulnerables y con las personas con riesgo de exclusión social, los pobres y las personas con discapacidad, las personas mayores …

Hay que pensar en ciudades en clave de inclusión y accesibilidad, para todos, acogedoras, abiertas y amables con los más vulnerables y con las personas con riesgo de exclusión social, los pobres y las personas con discapacidad, las personas mayores …

 

Está claro que todos y cada uno de nosotros podemos incidir, con un mayor o menor nivel de responsabilidad y ganas, en casa o en el trabajo, en la reversión, o como mínimo el freno, de esta violencia que estamos ejerciendo sobre nuestro entorno más cercano. Y los profesionales de la arquitectura técnica mucho más que otros profesionales (pero no se escapa nadie) conocen un montón de medidas e iniciativas con efectos positivos sobre la tierra, alternativas a formas y materiales del sector más agresivos con el planeta.

En todo caso, se debe actuar de manera urgente, perseverante, y a escala global, esto último un desafío cuando grandes potencias mundiales, y sus líderes, no creen (o dicen no creer, para captar adeptos). Dejando de lado los poderosos, preguntémonos: y yo, ¿qué puedo hacer?

 

Autor de las fotos: Il·lustració: Miguel Gallardo

Nota del editor

Este artículo fue publicado originalmente en El Informatiu número 361

Sobre el autor

Maite Baratech

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